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Patriarcado europeo: una «tercera vía» entre feminismo y seudopatriarcado

El «patriarcado europeo» se presenta como una tercera vía en los debates sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Esta propuesta rechaza tanto el feminismo igualitarista, descrito como una ideología que borraría las diferencias sexuales, como lo que denomina «seudopatriarcado» procedente de culturas extraeuropeas. Su objetivo declarado es restaurar relaciones más estables entre los sexos preservando al mismo tiempo una identidad cultural europea.

Este enfoque se basa en una idea central: los hombres y las mujeres no serían intercambiables y no tendrían, por término medio, las mismas aspiraciones ni las mismas disposiciones. Por tanto, un modelo social basado en su estricta similitud no respondería ni a las necesidades masculinas ni a las femeninas.

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El rechazo de una alianza contra el feminismo

El punto de partida es una crítica a un razonamiento presente en algunos discursos masculinistas o identitarios: el que consistiría en apoyar a poblaciones inmigradas, especialmente musulmanas, por considerar que sostendrían una visión más tradicional de la virilidad y de las relaciones entre los sexos.

Esta estrategia se describe como un «pacto con el diablo». Según esta interpretación, buscar en otras culturas un medio para combatir el feminismo equivaldría a aceptar una evolución demográfica, cultural y religiosa considerada contraria a los intereses de los europeos. Por ello, la crítica no se dirige únicamente al feminismo, sino también a la idea de que un modelo de género externo a la cultura europea pudiera servir como remedio.

El razonamiento expuesto sostiene que no bastaría con sustituir un sistema considerado perjudicial por otro. Una sociedad no podría recuperar un equilibrio duradero abandonando sus propios referentes culturales, sus hábitos familiares y su concepción histórica de la relación entre hombres y mujeres.

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¿Por qué cuestionar la igualdad entendida como intercambiabilidad?

La crítica se dirige menos a la idea abstracta de igualdad de dignidad que a la concepción según la cual ambos sexos deberían desempeñar las mismas funciones, perseguir los mismos objetivos y vivir conforme a las mismas normas. Se acusa al modelo contemporáneo de imponer una competencia generalizada: en el trabajo, la vida afectiva, la familia y la búsqueda de estatus.

Desde esta perspectiva, la promesa de libertad individual también tendría un coste. Para las mujeres, significaría una competencia en todos los ámbitos de la existencia. Para los hombres, iría acompañada de la pérdida de un papel claro, de una responsabilidad reconocida y del sentimiento de ser útiles.

El argumento se apoya, entre otros elementos, en el trabajo de Betsey Stevenson y Justin Wolfers, autores en 2009 de un estudio titulado The Paradox of Declining Female Happiness. Este estudio se utiliza para sostener que el sentimiento de felicidad declarado por las mujeres habría disminuido desde la década de 1970 pese a los avances de la igualdad. La cifra citada es un aumento del 33 % en la proporción de mujeres que declaraban no ser felices entre 1972 y 2022, según encuestas estadounidenses sobre la felicidad.

La interpretación propuesta atribuye esta evolución a la presión competitiva y a la desaparición de un marco familiar protector. Se trata de una lectura política de estos datos: se presenta a los autores del estudio como defensores de otra explicación, según la cual la igualdad seguiría siendo incompleta.

La necesidad masculina de utilidad y fraternidad

El concepto de patriarcado europeo concede un lugar importante a la utilidad social de los hombres. El ejemplo de los excombatientes se menciona a partir de las observaciones del periodista estadounidense Sebastian Junger, que siguió a soldados implicados en varios conflictos, especialmente en Afganistán.

Según el análisis expuesto, algunos veteranos no añoran la violencia de la guerra ni los sufrimientos que provoca, sino el sentimiento de fraternidad, necesidad y solidaridad que experimentaron en ella. El regreso a la vida civil resultaría a veces difícil porque hace desaparecer esa impresión de ser indispensable para un grupo, una misión o un país.

Esta idea sustenta una concepción particular de la masculinidad: el hombre no se definiría ante todo por la dominación, sino por una responsabilidad concreta hacia los suyos. Necesitaría poder proteger, servir, decidir y contribuir a una obra que lo trascienda.

Henri y Marilyn: dos figuras complementarias

La propuesta se encarna en dos figuras vinculadas al ataque de Annecy. Henri, un joven presente durante la agresión, es citado como ejemplo de «masculinidad heroica»: sin armas, habría intervenido para tratar de proteger a los niños atacados. Su gesto se interpreta como la manifestación de un instinto de protección frente al peligro.

Marilyn, una asistente maternal presente en el lugar, es mencionada por haber protegido a los niños que tenía a su cargo antes de auxiliar a los heridos. Su comportamiento se asocia a lo que se denomina el «instinto maternal».

En esta interpretación, Henri y Marilyn no representan a dos individuos encerrados en roles rígidos, sino dos funciones complementarias: defender frente a la amenaza y proteger a los más vulnerables. Así, el patriarcado europeo se resume mediante la asociación de una virilidad protectora y una feminidad maternal asumida.

Un patriarca presentado como jefe y protector

El modelo familiar defendido atribuye al padre una función de dirección. Se le describe como el jefe de familia, sin asimilarlo a un tirano. Esta autoridad solo sería legítima como contrapartida de ciertos deberes: asegurar los recursos materiales, dar una orientación a la familia, tomar las decisiones difíciles y comprometerse plenamente en la vida de los hijos.

Según esta concepción, la mujer debe ser escuchada y sus intereses deben tenerse en cuenta. No obstante, el padre conservaría la última palabra en las situaciones en las que fuera necesaria una decisión. El argumento planteado es que una familia necesitaría, en los periodos difíciles, a una persona capaz de encarnar la estabilidad y asumir la responsabilidad final.

Esta visión remite a la figura tradicional del «buen padre de familia». Se ilustra con referencias a Ulises, dispuesto a soportar largas pruebas para recuperar a su familia y su reino, así como a Thomas Wayne, el padre de Bruce Wayne en ciertas versiones del universo de Batman: médico, empresario, filántropo y padre que se sacrifica para proteger a los suyos.

Una propuesta vinculada a la transmisión cultural

El patriarcado europeo no se limita a la organización del hogar. Se presenta como un proyecto de continuidad civilizatoria. Según esta tesis, una sociedad que mantiene una guerra de sexos, que ya no valora a la familia o que deja de dar un papel positivo a hombres y mujeres debilita su capacidad para transmitir su cultura y formar familias.

La defensa de los roles sexuales clásicos se asocia, por tanto, con la preservación de una herencia europea. El modelo reivindica una masculinidad y una feminidad consideradas propias de esta historia, en lugar de adoptar referentes extranjeros. Se invoca especialmente a Francia mediante la idea de una tradición de amor cortés, presentada como un recurso cultural suficiente para pensar las relaciones entre los sexos.

Esta tercera vía se define así por un doble rechazo: se opone al borrado de las diferencias entre hombres y mujeres, al tiempo que rechaza las formas de patriarcado descritas como autoritarias o importadas. Su horizonte es el de una familia estructurada, en la que la autoridad masculina se acompaña de fuertes obligaciones y en la que la feminidad, especialmente la maternal, se valora como una función social esencial.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el patriarcado europeo?

El patriarcado europeo es un concepto político y cultural que defiende roles distintos y complementarios para hombres y mujeres. Vincula la autoridad masculina con la protección, la responsabilidad familiar y la transmisión de una herencia europea.

¿En qué se diferencia esta idea del feminismo?

Esta concepción cuestiona la idea de que hombres y mujeres sean intercambiables. Considera que un modelo social basado en una igualdad entendida como identidad de roles ignoraría sus diferencias medias y sus necesidades respectivas.

¿Por qué se habla de «tercera vía»?

La expresión designa una posición que rechaza tanto el feminismo igualitarista como los modelos patriarcales extraeuropeos calificados de seudopatriarcales. Propone restaurar roles familiares tradicionales adaptándolos al presente.

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