Históricamente, los trastornos mentales en Japón a menudo se asociaban con creencias populares. Se consideraba que los enfermos mentales estaban poseídos por espíritus malignos y se trataban mediante métodos rituales como oraciones y exorcismos. Estas prácticas persistieron hasta la era Meiji, cuando Japón comenzó a abrirse a influencias occidentales, particularmente en el campo de la medicina.
El tratamiento de los enfermos mentales ha evolucionado con el tiempo, pero el progreso ha sido lento y a menudo insuficiente. Las leyes promulgadas a principios del siglo XX, aunque introdujeron regulaciones, no necesariamente mejoraron las condiciones de vida de los pacientes. El sashiko, o confinamiento de los enfermos mentales en celdas domésticas, era una práctica común que persistió a pesar de las reformas. Fue solo después de la Segunda Guerra Mundial cuando se hicieron esfuerzos más significativos para humanizar el tratamiento de los enfermos mentales, aunque estos esfuerzos siguen siendo insuficientes hasta hoy.
Un ejemplo destacado de la dificultad en el manejo de la enfermedad mental en Japón es el caso del clan Soma. En 1879, Tomotane Soma, heredero de un poderoso clan samurái, fue confinado en una celda familiar bajo el pretexto de locura. Este caso destacó las deficiencias del sistema y llevó a una reforma legislativa en 1900, pero los cambios concretos fueron mínimos.
La marginación de los enfermos mentales creó un terreno fértil para la estigmatización y la discriminación. Los términos usados para describir los trastornos mentales a menudo se convierten en insultos. Sin embargo, un fenómeno cultural paradójico surgió a principios de los 2000: menhera. Este término, originalmente benévolo, se convirtió en un insulto para describir principalmente a mujeres percibidas como mentalmente inestables.
Las menhera encarnan una nueva estética de la enfermedad mental, visible en la cultura popular y en las redes sociales. Estas jóvenes utilizan su sufrimiento como una forma de expresión artística, reclamando visiblemente su malestar, contrastando con la tradición de silencio y vergüenza. Sin embargo, detrás de esta fachada estética se encuentra una dura realidad: la falta de apoyo y comprensión para los enfermos mentales en Japón.
En conclusión, la salud mental en Japón sigue siendo un tema sensible y complejo. A pesar de algunos progresos, la estigmatización y la marginación de los enfermos mentales persisten. El fenómeno menhera ilustra esta dualidad: un intento de reclamar la enfermedad mental que no logra ocultar la necesidad urgente de cambios sistémicos para brindar un apoyo genuino a quienes sufren de trastornos mentales.