Comprender a las mujeres a través de los arquetipos: mujer originaria, viril y definitiva

¿Se pueden comprender las relaciones entre mujeres y hombres hablando de grandes perfiles de personalidad? La respuesta depende de lo que se espere de este enfoque. Una tipología puede proporcionar puntos de referencia para observar aspiraciones, comportamientos o prioridades. Sin embargo, se vuelve engañosa cuando pretende encerrar a cada persona en una categoría definitiva.
En Sexe & Dévoiement, Guillaume Faye propone tres arquetipos femeninos: la mujer originaria, la mujer viril y la mujer definitiva. Esta clasificación se basa en una visión muy marcada de las relaciones entre feminidad, maternidad, seducción, poder, trabajo y vida amorosa. No describe un método científico de diagnóstico: constituye un marco de interpretación fundamentado en figuras simbólicas y tendencias supuestas.
Por tanto, el interés de estos arquetipos femeninos reside menos en poner una etiqueta a alguien que en identificar lo que parece predominar en sus decisiones: la búsqueda de estabilidad, el gusto por la competencia, la necesidad de reconocimiento, el deseo de seducir o la aspiración a la libertad.
¿Por qué hablar de arquetipos femeninos?
El término arquetipo designa aquí un modelo de personalidad recurrente. La idea central es que no existiría una única manera de ser mujer, del mismo modo que no existiría una única manera de ser hombre. Este matiz se opone a las afirmaciones generales según las cuales «todas las mujeres» querrían lo mismo o reaccionarían sistemáticamente de la misma forma.
Según esta lectura, pueden existir similitudes entre las mujeres, pero sus motivaciones profundas, su relación con la carrera profesional, la maternidad, el amor o la seducción pueden divergir considerablemente. Los tres perfiles propuestos son la mujer originaria, la mujer viril y la mujer definitiva.
En realidad, una persona puede presentar elementos de varios perfiles. Un comportamiento también puede evolucionar con la edad, las experiencias y las circunstancias de la vida. El arquetipo sería entonces una tendencia dominante, y no una identidad total o inmutable.
La mujer originaria: estabilidad, familia y feminidad asumida
La mujer originaria se presenta como el arquetipo más extendido. Se la asocia con la maternidad, la vida familiar, la organización del hogar, la educación de los niños pequeños y la fidelidad amorosa. Su ideal sería más la estabilidad que la aventura o la competencia.
En esta tipología, mantiene una relación serena con su feminidad. Puede cuidarse sin convertir la sexualidad o la seducción en el centro de su existencia. No buscaría prioritariamente competir con los hombres y privilegiaría una vida afectiva duradera.
Las referencias mitológicas utilizadas para ilustrar este arquetipo son, entre otras, Hera para los griegos, Juno para los romanos o las diosas madres de civilizaciones antiguas. La imagen contemporánea más sencilla sería la de una mujer que encuentra una parte importante de su realización en una vida familiar apacible.
Lo que busca este perfil según este marco
La mujer originaria podría apreciar el descubrimiento y la aventura, pero sin querer poner en peligro su sentimiento de seguridad. Desde esta perspectiva, una relación equilibrada, una confianza duradera y un proyecto familiar coherente contarían más que una sucesión de experiencias imprevisibles.
Esta representación plantea, no obstante, una cuestión esencial: querer una carrera, no desear hijos o preferir una vida independiente no permite, por sí solo, concluir que una mujer reniega de una supuesta naturaleza. Las aspiraciones individuales no se reducen a un único modelo de felicidad.
La mujer viril: competencia, poder y afirmación
El segundo arquetipo es el de la mujer viril, descrito como minoritario. A diferencia de la mujer originaria, estaría orientada hacia la competencia con los hombres. La búsqueda de poder, dominio o éxito prevalecería sobre la armonía sentimental y familiar.
La seducción no sería su medio de expresión preferido. Preferiría la lucha, la afirmación y la conquista de posiciones elevadas. En esta visión, la maternidad puede percibirse como una dependencia o una limitación, al menos en determinados momentos de la vida.
Este perfil también se describe como alguien con una relación más difícil con la feminidad. La mujer viril querría ser reconocida por cualidades tradicionalmente asociadas a lo masculino: seguridad, combatividad, resistencia, autoridad y ambición. Podría sentirse más cercana a los hombres en sus modos de relacionarse, al tiempo que trataría de igualarlos o superarlos.
Carrera profesional y relación con la pareja
Este marco asocia con frecuencia a la mujer viril con una fuerte ambición profesional. Plantea entonces la cuestión de los equilibrios entre trabajo, vida afectiva y familia. Pero estos equilibrios no son exclusivos de las mujeres: también afectan a los hombres, y su resultado depende de los recursos, las preferencias y la situación de cada persona.
La tipología también sostiene que una mujer muy competitiva podría redescubrir más adelante una aspiración hacia la maternidad o una vida más estable. Se trata de una hipótesis interna a este modelo, no de una regla que permita predecir el futuro de una persona.
La mujer definitiva: seducción, intensidad y contradicciones
La mujer definitiva se describe como el arquetipo más raro. Reuniría ciertos rasgos de la mujer originaria y de la mujer viril: se sentiría cómoda con su feminidad al tiempo que sería intelectual, voluntariosa y capaz de competir con los hombres.
Lo que la distinguiría sería una sexualidad fuertemente destacada y una capacidad para conquistar en el ámbito amoroso. Es la figura de la mujer fatal: muy femenina, seductora, misteriosa, decidida y, en ocasiones, inestable. Despierta fascinación, pasión y rivalidad.
Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Helena de Troya o Cleopatra se utilizan como imágenes simbólicas de este arquetipo. Estas referencias no deben hacer olvidar que remiten a relatos, personajes históricos o representaciones públicas complejas, y no a demostraciones psicológicas.
Una libertad presentada como exigente
En esta visión, la mujer definitiva dispone de un amplio abanico de posibilidades, tanto en su vida profesional como en su vida amorosa. Sin embargo, esta libertad tendría un coste: presión psicológica, soledad, dificultad para ser percibida de otra forma que no sea como una conquista o una rival, y tensión entre polos contradictorios.
La tipología sugiere que la expresión de un aspecto maternal u originario podría aportarle mayor estabilidad. Una vez más, se trata de una prescripción procedente de esta lectura de los arquetipos, no de una respuesta universal a las dificultades personales.
Las mezclas de arquetipos y la importancia del contexto
Reducir a una mujer a un solo perfil sería precisamente el error que conviene evitar. Una misma persona puede buscar seguridad en su vida íntima, ser ambiciosa en su trabajo y disfrutar seduciendo. También puede cambiar sus prioridades a lo largo de su trayectoria.
Por tanto, los arquetipos pueden servir como punto de partida para plantear preguntas más acertadas: ¿qué es lo que realmente importa a esta persona? ¿Busca estabilidad, independencia, reconocimiento, intensidad, libertad o un equilibrio entre varias aspiraciones?
Observar los actos en lugar de proyectar expectativas sigue siendo más útil que intentar adivinar una personalidad a partir de un tipo. Escuchar, respetar las decisiones expresadas y aceptar la complejidad individual evitan malentendidos en las relaciones amorosas, amistosas o profesionales.
Una crítica de la sociedad contemporánea a través de estos perfiles
Esta teoría de los arquetipos va acompañada de una crítica de las exigencias dirigidas a las mujeres. Sostiene que la mujer originaria sería empujada hacia modelos que no corresponden a sus aspiraciones: competencia profesional, puesta en escena de sí misma, sexualización o valoración exclusiva de la independencia.
En particular, contrapone la figura de la mujer definitiva a la de la «hipermujer», asociada a la exhibición de atributos sexuales en las redes sociales y a una seducción considerada degradante. Desde esta perspectiva, ambas figuras no deben confundirse: una correspondería a una seducción soberana y elegante, mientras que la otra respondería a una lógica de visibilidad y validación externa.
Estas oposiciones reflejan una lectura normativa de la feminidad y de las transformaciones sociales. Pueden alimentar un debate sobre las presiones culturales, las expectativas en torno al éxito o el lugar de la maternidad. Sin embargo, no permiten concluir que todas las mujeres estén determinadas por un destino psicológico idéntico.
Preguntas frecuentes sobre los arquetipos femeninos
¿Cuáles son los tres arquetipos femeninos?
La tipología presentada distingue a la mujer originaria, asociada a la estabilidad y la maternidad; la mujer viril, asociada a la competencia y la afirmación; y la mujer definitiva, asociada a la seducción, la intensidad y una forma de poder femenino.
¿Puede una mujer corresponder a varios arquetipos?
Sí. Este enfoque admite que una persona pueda ser una mezcla de varios perfiles. La idea es identificar una tendencia dominante, sin ignorar la complejidad de las trayectorias individuales.
¿Los arquetipos femeninos son una ciencia?
No. Se presentan como un marco de interpretación inspirado en figuras simbólicas y en concepciones de las relaciones entre los sexos. No constituyen una herramienta científica que permita clasificar o predecir con certeza los comportamientos.
En el fondo, la posible utilidad de estos arquetipos femeninos reside en la reflexión que suscitan. Invitan a distinguir entre los individuos en lugar de hablar indistintamente de las mujeres como un bloque homogéneo. Pero comprender a alguien siempre exige más que una categoría: hay que conocer su historia, escuchar sus decisiones y respetar lo que dice querer llegar a ser.



