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Slutshaming: doble rasero, reputación y límites del debate

El slutshaming designa el hecho de rebajar, insultar o desvalorizar a una mujer por su sexualidad supuesta, su número de parejas, sus decisiones en materia de citas o su presencia en plataformas de pago. El término es deliberadamente duro: remite a una estigmatización que puede adoptar la forma de burlas, rumores, exclusión o ataques verbales.

El tema suscita profundos desacuerdos. Para algunas personas, se trata ante todo de una injusticia ligada a una doble moral sexual: los hombres sexualmente activos serían valorados, mientras que las mujeres serían condenadas en mayor medida. Para otras, los juicios sobre la reputación son mecanismos sociales más amplios, que no afectan únicamente a las mujeres y que contribuyen a definir normas colectivas.

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Ninguna de estas dos perspectivas exime de una regla esencial: criticar un comportamiento, expresar una preferencia relacional o rechazar una práctica no da derecho alguno a humillar, acosar o ejercer violencia.

El doble rasero sexual: una idea ampliamente debatida

El doble rasero sexual se basa en la idea de que un mismo comportamiento sería juzgado de forma distinta según el sexo de la persona implicada. En su formulación clásica, un hombre con numerosas parejas sería presentado con mayor facilidad como seductor o experimentado, mientras que una mujer en una situación comparable sería juzgada con mayor severidad.

Esta percepción ha estructurado durante mucho tiempo numerosos discursos sobre la sexualidad. Explica por qué el slutshaming se presenta con frecuencia como una expresión de un orden social desfavorable para las mujeres: la sexualidad femenina estaría más vigilada y sancionada que la sexualidad masculina.

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Sin embargo, resultados más recientes invitan a no considerar esta representación como una regla inmutable. Una encuesta realizada en Noruega en 2023 entre 900 participantes examinó los juicios sobre comportamientos considerados sexualmente múltiples. Según los resultados mencionados, las mujeres que habían tenido numerosas parejas no eran juzgadas de forma más negativa que los hombres en la misma situación. Los hombres que acumulaban aventuras ocasionales incluso habrían recibido una valoración más desfavorable.

Este único estudio no basta para establecer una tendencia universal. No obstante, recuerda que las normas sexuales evolucionan según las épocas, los entornos y los grupos sociales. Por ello, es preferible evitar afirmaciones absolutas sobre lo que pensarían todos «los hombres» o «las mujeres».

El juicio entre mujeres también existe

Reducir el slutshaming a una práctica exclusivamente masculina no refleja toda la realidad descrita en el debate. Las mujeres también pueden juzgar con severidad a otras mujeres por su vida sexual, su reputación o su comportamiento afectivo.

Un estudio publicado en 2013 se cita a menudo al respecto. Las participantes debían evaluar el perfil ficticio de una joven llamada Joan. La información era idéntica, salvo el número de parejas indicado: dos en una versión y veinte en la otra. La versión que presentaba a Joan como alguien que había tenido veinte parejas habría sido evaluada con mayor dureza, especialmente en cuanto a estabilidad emocional y competencia.

El aspecto más destacado es que este juicio no desaparecía necesariamente entre las participantes que declaraban tener concepciones modernas de la sexualidad o que ellas mismas referían haber tenido varias parejas. En otras palabras, una persona puede defender en principio la libertad sexual y, al mismo tiempo, conservar criterios de reputación más restrictivos al mirar a los demás.

Esta constatación no justifica el desprecio. Más bien pone de manifiesto la fuerza de las normas informales: no solo se imponen desde arriba o por un único grupo, sino que también se mantienen, se cuestionan y se transforman en las relaciones cotidianas.

La reputación como mecanismo de control social

La reputación influye en numerosos ámbitos de la vida colectiva. Una persona conocida por engañar, mentir o no respetar sus compromisos puede perder la confianza de los demás. Desde esta perspectiva, la reputación sirve para orientar los comportamientos y limitar ciertos perjuicios en las relaciones sociales, de amistad o profesionales.

Algunas personas aplican esta lógica a la sexualidad y consideran que las normas de reputación pueden fomentar relaciones más estables, menos basadas exclusivamente en la búsqueda de gratificación inmediata. Según esta visión, hombres y mujeres tendrían interés en no reducir a sus parejas a una mera función sexual.

Pero esta lectura plantea una dificultad fundamental: la reputación puede ser útil cuando se basa en hechos, reciprocidad y respeto de los compromisos; se vuelve destructiva cuando transforma suposiciones, rumores o decisiones privadas en motivo de degradación pública. Una norma social no puede servir de pretexto para privar a alguien de su dignidad.

Por tanto, es importante distinguir entre decir «este comportamiento no corresponde a mis valores» y asignar a una persona una etiqueta degradante. La primera fórmula expresa un límite personal. La segunda encierra, rebaja y puede alimentar una dinámica colectiva de acoso.

Criticar prácticas sin legitimar la violencia

Los debates sobre la sexualidad, las citas o la monetización de contenidos íntimos pueden ser intensos. Algunas personas critican plataformas como OnlyFans, al considerar que favorecen una mercantilización del deseo o que modifican las expectativas en las relaciones entre hombres y mujeres. Otras lo ven como una elección individual que debe respetarse.

Sea cual sea la postura adoptada, ninguna crítica puede justificar los insultos, las amenazas, el acoso, la agresión ni ninguna forma de violencia. Condenar un comportamiento desde los propios valores no equivale a condenar a la persona a ser maltratada.

Esta precisión es indispensable, porque el lenguaje de la vergüenza puede deslizarse muy rápidamente hacia una lógica de castigo social. Sin embargo, el desacuerdo moral no autoriza ni la crueldad ni la barbarie. Una sociedad que pretende defender normas también debe defender la seguridad y el respeto de todas las personas.

Sexualidad, relaciones y expectativas recíprocas

El debate en torno al slutshaming también remite a preocupaciones sobre la soledad, la formación de las parejas y la manera en que se construyen las expectativas amorosas. Algunas personas sostienen que la liberación sexual no reduce automáticamente el aislamiento, especialmente si las relaciones siguen concentrándose en torno a un número limitado de personas muy solicitadas. Otras cuestionan este análisis o consideran que no permite extraer conclusiones generales sobre las relaciones contemporáneas.

En cualquier caso, la búsqueda de relaciones satisfactorias no puede basarse en el desprecio hacia un sexo u otro. Supone poder expresar con claridad las propias expectativas, ya se refieran a la exclusividad, al número de parejas anteriores, a la fidelidad, a la sexualidad o al proyecto de pareja.

Es legítimo buscar a una persona cuyas decisiones y valores coincidan con los propios. También es necesario aceptar que cada cual conserva su libertad de elección. La compatibilidad no se construye mediante la vergüenza ni la coacción, sino a través de una decisión mutua e informada.

Preguntas frecuentes sobre el slutshaming

¿El slutshaming afecta únicamente a las mujeres?

El término se refiere principalmente a la estigmatización de las mujeres por su sexualidad. Sin embargo, los hombres también pueden sufrir juicios sexuales o relacionales, aunque las formas y las expectativas sociales no sean siempre las mismas.

¿Se puede desaprobar un comportamiento sexual sin incurrir en slutshaming?

Sí. Es posible expresar una preferencia, un valor o un límite personal sin insultar ni degradar a otras personas. La diferencia radica, entre otras cosas, en el respeto, la ausencia de acoso y el rechazo a convertir a una persona en una etiqueta.

¿Puede la reputación desempeñar un papel social útil?

Puede influir en la confianza y en las relaciones. Pero cuando se alimenta de rumores, humillación o presiones colectivas, corre el riesgo de causar daños desproporcionados y de atentar contra la dignidad de las personas.

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